Ayer salí del laburo y me fuí con la cámara a Plaza de Mayo. Quería ver con mis propios ojos (sin bajadas de lineas tendenciosas) lo que estaba pasando.
Fue hermoso... Fue algo así como una liberación de un sentimiento que estaba bloqueado, sea por escepticismo, sea por vergüenza, o por miedo a equivocarse de vuelta.
Sea por lo que sea ese sentimiento de identificación estuvo silencioso para muchos durante los últimos años. Y ayer explotó.
Las palabras (que difícilmente se disocian de los pensamientos una vez que se apoderan de nuestro inconsciente) que los medios insisten en repetirnos al oído, ayer no tenían la más mínima bocanada de oxígeno para ser, para expandirse.
Había gente de todos los tipos, clases, edades, oficios y colores. Gente de países limítrofes llevando su bandera junto a la argentina. Chilenos emocionados, peruanos esperando horas de pié para ingresar a casa de gobierno, bolivianos abrazados.
Pero más que tristeza había emoción, había orgullo, esperanza, conciencia.
Llevé la cámara con la intención de mostrar que también había ciudadanos particulares y espontáneos, creí que iba a tener que encontrarlos entre la masa.
Eran la mayoría.1
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