Bueno, creo que es momento de que cuente la mía.

Para ser sincero, no recuerdo cómo empecé a interesarme en la fotografía.
Sí recuerdo algunos pantallazos aislados:
- Un pequeño cubito cuadrado montado encima de una cámara, que emitía un destello potente al tomar una foto y que luego debía girarse o cambiarse para seguir disparando, en alguna Navidad de los '80.
- Unos álbumes enormes, llenos de fotos mías que mi señora madre acomodaba, fechaba y describía con esmero (y que todavía se conservan, en su casa). Especialmente, siempre me llamaron la atención las que son pequeñas, cuadradas, con los bordes redondeados, como si fueran instantáneas.
- Un señor con una cámara rara y un enorme flash de barral, juntando al grupo de amiguitos en la Comunión de Paula (esa compañerita de la primaria con la que me sigo cruzando de vez en cuando, como si el tiempo no hubiera pasado).
Pero hay una imagen que me viene a la cabeza con mayor nitidez que las demás. Y es el asombro de que Rubén, el señor al que le alquilábamos una casita en esos años de mi infancia, me tomara una foto con su hija (que está en un álbum y es la que dispara el recuerdo tan vívido) y, ante mi curiosidad, me entregara la SLR para que acercara el ojo al visor... No tengo idea de qué marca era, pero lo que me quedó grabado a fuego fue el recuadro surcado por círculos y esa línea rara que dividía el círculo más chiquito que estaba en el medio. Esa zona era mucho más clara y brillante que el resto, y me fascinó. No tomé ninguna fotografía, por supuesto, y tampoco habría sabido cómo. Lo que haya ocurrido luego, se desvanece en la memoria, pero esa primera impresión, el acercar el ojo al visor y "ver" el entorno de una forma diferente, es imborrable.
Hasta mis doce años, tal vez, todas las fotos que mi señora madre me tomó fueron con cámaras prestadas. Por esa época, aunque no lo tengo para nada claro, recibí la que fue mi primera camarita. Ni siquiera recuerdo la marca exacta, pero sí la forma rectangular, alargada y chata de color negro que tenía. La tapa deslizable, el espacio para insertar el cartucho de película 110. La ventanita minúscula por donde pasaba el número de cada fotograma. Las queridas pilas AA que debía insertar para que disparara el flash. El visor directo situado en un extremo y el enorme botón rojo. La ruedita dentada para avanzar la película...
Esa pequeña me acompañó durante toda mi adolescencia. Fotografió actos y excursiones escolares, paseos por la ciudad de Buenos Aires (en esa época, viajar a la Capital era toda una aventura, y jamás lo hice solo), cumpleaños, juntadas con amigos, los ojos verdísimos de Aldana, mi gato Geoffrey, las plantas del jardín, el campo, etc., etc. Muchas de las fotografías se conservan en pequeños álbumes, en la casa de mi vieja, aún. A veces es volver a mirarlas y recordar algunos de esos momentos maravillosos (y no tanto) que, de una forma u otra, te van moldeando para la vida.
Es curioso, pero desde 1996 en adelante, no hay más fotos. No recuerdo exactanente qué sucedió con la camarita, pero el cambio de la Secundaria a la Universidad trajo aparejado un cambio de costumbres e intereses, también. Ya era un lector voraz desde pequeño, y eso se intensificó en esos años. El "hambre" pasaba por los libros, por la lectura, y eso derivó en la necesidad de expresarme por escrito (a traves de relatos, cuentos, poesías, ensayos). No hay imágenes de ese período, aunque recuerdo que mi madre adquirió una compacta de 35mm, y de foco fijo. Algunas veces la usé yo, pero en nada demasiado memorable.
Y entonces llegó esa extraña época intermedia entre lo químico y lo digital. Muy probablemente, fue en 1997 o 1998 cuando agarré una digital por primera vez. Era una cosa verde, compacta, sin pantalla. De hecho, no tengo idea cómo almacenaba las fotos. Era de un compañero de facultad con el que iniciamos un pasquín mensual. Hacíamos fotos y luego las añadíamos para ilustrar notas. Recuerdo que tenía un accesorio que la convertía en un ojo de pez... estábamos fascinados con el juguete, la verdad. Pero no dejaba de ser una simple curiosidad tecnológica.
2002 fue el año de los weblogs. 100% digital. Y también el que significó una aventura real, que me dejó esta fotografía (digital) que les comparto como recuerdo:

Es extraño, pero alguien (Berenice) tuvo esa visión de mí y la supo plasmar. De alguna manera, eso me dejó una marca, una idea latente, mientras seguía leyendo, escribiendo, estudiando, viviendo a través de las palabras impresas en hojas de papel. También llevadas a la pantalla. De ahí, de los weblogs y las reuniones de quienes teníamos uno, salió un renovado interés en la fotografía. Siempre en la forma de compactas varias e instantáneas de índole social. Generalmente, los asistentes que tenían cámara me la daban para que yo tomara las fotos mientras ellos... bueno... hacían lo que se supone que hay que hacer al juntarse para socializar: charlar, beber, charlar, comer, charlar, fumar, charlar, y así. Mientras tanto, yo me divertía mientras miraba, encuadraba, disparaba, el flash destellaba, la pantallita mostraba... Mavicas con diskettes de 3 1/2, Pentax o Sony ya con tarjetitas y poderosos 3 megapixeles pasaron por mis manos. En una de esas reuniones conocí a Patricia, que hoy es mi esposa y madre de mi hija.
Y entonces, mientras la vida avanzaba, vino el golpe.
Muchos saben esa parte de mi historia, el primer desprendimiento de retina, que me obligó a abandonar los estudios y el enorme placer que me provocaba la lectura y la escritura. No tengo ganas de ahondar en eso, la verdad.
Pero sí sé que, de alguna forma, esa circunstancia fue el disparador de muchas cosas e ideas que estaban latentes. Y que llevaron a que, en 2007, entrara de lleno en la fotografía. Con una pequeña Sony Cybershot W50, en primer lugar. Fue por esa éppca que descubrí Flickr y, de inmediato, me uní a un grupo de Safaris fotográficos en Capital. Necesitaba salir y expresarme de alguna manera, tras una larguísima y tediosa recuperación. Y encontré en la fotografía aún más placer del que sentía antes, de pibe. Y empecé a participar de salidas. Tuve la enorme suerte de cruzarme con un tipo como Diego Epstein, mi querido Hermano Macana, y el responsable de mi amor hacia la Nikon D70s, que tuvo la gentileza de prestarme en un safari al Barrio Chino. Esa tarde fue inolvidable. Y un disparador todavía más poderoso para esta pasión.
El tiempo me llevó a conseguir, a mediados de 2009, mi vieja y querida Nikon D60, que al día de hoy aún conservo. Y entonces, cuando me encontraba en el colmo de la felicidad, con mi señora esposa milagrosamente embarazada de cuatro meses y estrenando un 50mm f1.8 mientras disfrutaba los anticipos de la primavera, sobrevino el segundo desprendimiento de retina... Y de vuelta una larga recuperación, con el nacimiento de Zoe en el medio de todo. Todavía hoy me sorprendo y me pregunto cómo fui capaz de seguir tomando fotografías del embarazo, con un ojo casi inutilizado y el otro en plena recuperación. Y ni hablar de los primeros tiempos tras el nacimiento de la pequeña...
Fue por esa época que llegué acá. Y bueno, el resto es historia conocida y está, de una forma u otra, en esos 7500 y pico de mensajes que llevo tipeados con fotos, escraches, comentarios, safaris, bromas y alguna que otra puteada...

De alguna manera, siento orgullo. Y gratitud. La fotografía se convirtió en un cable a tierra, una linda manera de decirle "todavía no, quiero seguir expresándome" a ese ¿destino? que se empecinaba en quitarme la vista después de quitarme la audición a los seis años. No sé bien cómo explicarlo, la verdad. Tampoco voy a negar que la tecnología ayudó mucho (las tablets y smartphones, la posibilidad de usar temas invertidos para poder leer libros y páginas web en una pantalla nuevamente, etc., etc.), pero definitivamente en los últimos años encontré en las fotografías un refugio y un enormísimo motivo de disfrute personal.
Así que, llegado a este punto, sólo me queda dar gracias y seguir disfrutando de este hermosísimo vicio todo lo que pueda. Como todos ustedes, creo, ¿no?